Homenaje a Mariano PUGA CONCHA

    HOMENAJE A MARIANO PUGA

    “Me voy como viví”, dijo un día Mariano Puga, poco después de salir del hospital, y sintiendo sin embargo que la muerte se acercaba. Las personas que tuvimos el honor de conocerlo, de cerca o de lejos, no podemos sino confirmar sus palabras: “el cura obrero” se fue lleno de amor y esperanza, iluminado y digno, como vivió; obrero, como vivió. ¿Pero acaso una persona de esa índole puede irse realmente? Mariano Puga no se fue: permanece entre nosotros, intacto e íntegro, como vivió.

    Algunas integrantes del Colectivo Historias Desobedientes nos encontramos con él en su casa de la Comunidad La Minga en Villa Francia una tarde de diciembre en que aceptó recibirnos a pesar de su delicado estado de salud, y a pesar de la inmensa paradoja que encarnamos, en tanto hijas, hijos y familiares de genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Nos recibió con una sonrisa, con su gorro de lana en pleno sol de verano, y con esa mirada clarividente que iba directo a lo esencial. Después de leer en voz alta una carta dirigida a él, ninguna de nosotras supo qué decir: nos quedamos calladas, enmudecidas de admiración, respeto y humildad frente a alguien de esa estatura.

    Fue él quien comenzó a hablar entonces; y, para nuestra gran sorpresa, no solo habló por nosotros, sino también de nosotros, dirigiéndose al mismo tiempo a nosotros mismos. “Yo, hijo de genocida; yo, sobrina de torturador; yo, hija de un responsable de crímenes de lesa humanidad, condeno los actos de mi padre. Yo, carne de su carne, me disocio de él para apoyar las demandas de las víctimas… Tremendo, muchachas, tremendo…”.

    Durante varios minutos, Mariano Puga, el sobreviviente de la dictadura, el defensor incansable de los derechos humanos, se convirtió en nosotros, asumió nuestro desgarro haciéndolo suyo, descendió hasta lo más profundo de nuestra condición, y desde ahí nos dio voz. Durante varios minutos, el “cura obrero”, con su inmensa generosidad, aceptó ser el hijo o la hija de un criminal. Tuvo vergüenza, y tuvo pena; sintió horror, y desde esa terrible desolación tomó la palabra. Se dice de él que fue “la voz de los sin voz”: nada describe mejor esa experiencia que terminó siendo una lección de vida. Si “ponerse en el lugar del otro” define la empatía, traer al otro hacia sí mismo, incorporarlo –sobre todo cuando su situación está lejos de ser deseable–, hablar por él, de él, y para él, define el más alto grado de humanidad.

    Al despedirnos, Mariano Puga nos pidió que, pasara lo que pasara, continuáramos con nuestra lucha. “Les van a dar con todo, los van a tratar de hacer callar, pero tienen que seguir, muchachas”.

    Así lo haremos, Padre, como se lo prometimos: por usted y con usted, con la voz que nos ha dado y con esa mirada clarividente que ahora nos mira desde adentro, seguimos.

    Historias Desobedientes-Chile 15 de marzo de 2020


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